Existen personas que no deberian de amar… capitulo 5

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El tiempo pasó tan rápido con ella, entre risas y pláticas, el ocaso cayó. La Luna dejo ver su cara blanca. La pequeña calle era pocamente iluminada.

Katherine y yo desalojamos el establecimiento. El cachorro se había quedado dormido entre sus brazos. Ella suspiró profundamente.

-Al final no encontramos hogar a este pequeño.-

El cachorro comenzó a temblar al contacto con la ligera brisa de otoño que transcurría en estos tiempos.

Me quité mi chamarra y cubrí al sabueso torpemente. Katherine sonrió divertidamente.

-Álvaro no me imagino cuando tengas tus hijos- Agregó. Tomó la chaqueta y lo enredó delicadamente para no despertarlo. – ¿Cómo le pondremos?- Preguntó de repente.

Estaba hablando en plural. ¿Qué ya no pensaba en regalarlo? Guardé silencio un momento y la miré unos segundos.

-Moka-

-¿Moka?…- Dudó por un instante. –Oye deja de ver ese cartel mientras piensas un nombre.– Rió por mi inconsciente acción. En efecto, yo miré un letrero de un puesto de café.

-Ok, pero admite que no es un mal nombre.- Metí mis manos en mis bolsillos y le sonreí.

-Quizá… Dejémosle así de momento- Me miró tiernamente y rozó con su mano suavemente a la criatura.

Entre plática que ella dirigía, caminamos por una gran calle. Con distintos árboles frondosos. La brisa le acariciaba el rostro. Su melena danzaba al compás del viento. Como si este llevara la batuta.

Katherine se despidió de mí en la vuelta de esquina. Me entregó mi chaqueta, asegurándome que ella se encargaría de protegerlo del frío. Insistí en acompañarla, pero se negó. Me proporcionó su número telefónico para volver a vernos otro día.

Vi como lentamente desaparecía entre la penumbra de la noche.

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Todo había terminado mejor de lo que no creía. Volteé mi andar en dirección contraria. Los grafittis de distintos muros que pude contemplar eran tan pobres. Recuerdo que hace un par de días, hubo una disputa entre la autoridad y unos jóvenes de secundaria. Al parecer ellos habían sido los causantes de una pintarrajeada en una pared del congreso. Se defendieron diciendo que lo que ellos pintaban era arte. ¿Arte? Dejó de ser arte hace tiempo. Ahora sólo son un montón de garabatos. Es más moda que expresión.

-Ha pasado tiempo ¿verdad? Álvaro.- Una voz llamó mi atención. Con la mirada busqué de dónde provenía.

-Bastante… Lisandro- Él sonrió y avanzó hasta mí. Lisandro era un amigo de mi infancia. Era un hombre alto y delgado. Su rostro redondo y agraciado revelaba su joven edad de 21 años. Cejas pobladas y grandes. Ojos, entre amarillento y verde, se parecerían a los de un águila, eran vivos e inteligentes, expresivos y maliciosos. Poseía una nariz respingada, un poco afeminada dentro de la virilidad que sus pómulos afirmaban. Aún así lograba un encaje perfecto. Sus labios eran finos como cuchillas y preparados para una burla. El color de su cabello trigueño intenso, contrastaba perfecto con el blanco de su piel.

Vestía con una gabardina de color gris claro sin abotonar, dejando ver una playera negra entallada perfectamente. Unos pantalones negros y mocasines del mismo color.

-Creí que te habías olvidado de mí.- Recargó su brazo sobre mi hombro.

Le miré sin mucha inexpresividad. Suspiré e intenté simular agrado de encontrármelo.

-Jamás olvidaría al sujeto que me protegía en primaria-

-A juzgar por tu apariencia física, creo que aún necesitas protección.- Carcajeó un instante.

Devolví una falsa risa. Tratando de darle a entender que no me había ofendido su comentario. Es verdad, él me cuidaba en primaria. Golpeaba a los otros niños que se burlaban de mí.

“– Ahora discúlpense- Lisandro obligó a Miguel y Gerardo a pedirme disculpas por haberme empujado hacia el charco de lodo.

-Descuida, no me hice daño.- Le dije tratando de que les soltara de sus camisas. –Además no quiero una disculpa hipócrita Lisandro- Tenía ganas de llorar, pero si lo hacía sólo aumentarían las burlas. Lisandro notó mi emoción. Les dejó ir y estos no dudaron y salieron corriendo.

Me sentía muy mal por haber ensuciado mi uniforme. Tenía un ardor en la rodilla, alcé el forro de mi pantalón para contemplar cómo se resbalaban unas cuantas gotas de sangre.

Torpemente caminé al tronco del gran árbol de jacarandas del colegio. Me senté con cuidado, tratando de no flexionar mis rodillas.

Lisandro tomó un pedazo de papel y lo humedeció con un poco de su agua. Se sentó a mi lado y trato de limpiar mi herida.

-Oye… ¿Por qué me ayudas?- Pregunté mirando como él era muy cuidadoso con mi rodilla.

-Me molesta que los demás se aprovechen de alguien por prejuicios.– Respondió sonriendo abiertamente.

-No deberías, nadie te lo pagará.

Él me miró unos segundos, su mirada era muy penetrante y analítica.

-Es probable, pero no lo hago por eso. Me agradas eso es todo- Dobló el papel y se levantó, caminando a un cesto para depositarlo en él. Regresó inmediatamente y volvió a sentarse a mi lado.

-Gracias- Lo dije casi en susurro.

-No hay problema, ahora pensemos como limpiar tu uniforme. Ven conmigo.- Me tomó de la mano y delicadamente me alzo de modo que no me hiciera daño. Yo simplemente le seguí a donde me guiaba.

Llegamos a la entrada de los sanitarios. Lisandro me metió con él. Me indicó que me quitase la ropa.

Desabroché mi camisa y me la quite. Tenía muchas manchas de barro en la parte superior.

Le pasé la prenda a Lisandro. El abrió la perilla del fregadero. Metió la camisa y comenzó a frotarla con su palma. Las manchas se fueron borrando fácilmente.

-¡Listo!- Proclamó victorioso. La extendió en la barra del lavamanos y me sonrió. –Descuida no tardará mucho para que la puedas usar.-

Lisandro sacó un pañuelo y lo sumergió en el agua. Lo exprimió y comenzó a limpiar mis pantalones.

-Espera… Esto es demasiado.- Intenté detenerlo pero él me ignoró.

-No tardará mucho.- Volvió a sonreír.

-¡Estás invadiendo mi espacio personal!– Le grité empujándole de los hombros.

-Tranquilo ya casi termino.- Dijo de manera muy infantil, como si para él fuese un privilegio ayudarme. Me era muy incómoda su eficiencia.

Inhalé profundamente e intenté calmarme. Rogaba que no viniera alguien. De lo contrario pensarían otra cosa.

Lisandro terminó y me entregó mi camisa. Estaba un poco húmeda pero limpia y eso era lo que importaba.

Al ponérmela un escalofrío recorrió el dorso de mi espalda. Lisandro rió por mi pequeño brinco. Yo le retorcí su oreja para que se callase.

-Eso duele Álvaro.- Hizo un gesto de tristeza y puchero. Reí por un instante. Era muy divertido debo admitir.

Él me miró sorprendido. Como si no esperase esa acción mía. Mantuvo esa expresión unos segundos y luego sonrió muy feliz.

Desde ese momento el cuidó de mí…

-Feliz cumpleaños Alva- Lisandro me entregó una caja envuelta con un papel decorativo color rojo. Llamativo y metálico.

Lo tomé y agradecí por el obsequio. Él me miro esperando a que lo abriese. Por un momento sentí un corto y rápido Déjà vu. En mi mente apareció tu rostro sonriente, igual al que él tenía en esos instantes. Me aterré y traté de calmarme.

Miré a Lisandro de nuevo. Seguía con su misma expresión facial. Rasgué el papel del presente. Era una caja color vino. Su textura era algo rígida. Parecía hecha de cuero. La abrí sin mucha emoción.

Saqué de esta algo que me dejó sin habla. Era un marco con acabados dorados con una foto de Lisandro sonriendo. Debajo de esta decía “Feliz cumpleaños. Con cariño Lisandro.”

-Dime que te gusta. Es mi mejor pose.- No respondí al instante. Quedé atónito. No sorprendido ya que él siempre en mi cumpleaños me regalaba una fotografía suya. Ya fuese en estampado de una playera. En una taza. Una toalla o en ropa interior. El marco era nuevo. –Así no tendrás que preocuparte por mi ausencia. Puedes dormir con el si tienes una pesadilla.- Agaché mi cabeza mirando el cuadro. Se veía bien pero no considero que esto sea apropiado para un regalo. No dije nada y dejé que continuase parloteando. Me pregunto si hubiese sido mejor una almohada con mi cara… ¿Tú qué opinas Alva? ¿Quieres una donde dé un beso?

Lo voy a matar…

Metí con cuidado el portarretrato en la caja. Lo miré. Él seguía esperando una respuesta. Le sonreí de manera inocente. Con toda mi fuerza posible le aventé la caja a su cara.

-¡SERÁS IDIOTA! ¡¿POR QUÉ PIENSAS QUE QUERRÍA ESO?! ¡JODIDO BASTARDO! – Retomé mi compostura mientras él se sobaba la nariz.

-No has cambiado en nada.- Sonrió y me alborotó el cabello. Él siempre fue como un hermano mayor para mí. Pero nunca entendía su manera de pensar.

-No tienes remedio.- Alcé la caja y la guardé en mi chaqueta. Su regalo no era el mejor. Pero tampoco podía negárselo. –Déjame ver. Creó que te golpee un poco duro.- Lisandro dejó ver su nariz. Estaba un poco roja por el golpe en seco de la caja.

-Eres muy amable.- Soltó de repente. ¿Por qué lo diría? Si yo fui el que le había causado eso. Realmente no lo entendía. –Pero fue muy cruel Alva, creí que me querías.- Puso una cara de víctima y un puchero muy notorio.

Enojado le apreté la nariz y se la balance de derecha a izquierda continuamente.

-¡Ah! Eso duele.– Gritó sacando una lágrima.

-Lo sé- Le sonreí abiertamente cerrando mis ojos

-Sabes eres muy aterrador cuando sonríes y más de esa manera. Puedo ver una aura oscura a tu alrededor –

-Estás exagerando-

-Si te pones a mi perspectiva, pensarías diferente.-

-Es un poco tarde, me tengo que ir.-

Oh, claro entiendo, pero antes ¿Te importaría darme la dirección de un hotel cercano?– ¿Seré idiota o ciego? No me había percatado de sus maletas.

-¿Qué no vives aquí?- Pregunté sorprendido.

-Bueno me mudé hace ocho meses a la casa de mi madre. Ella está muy enferma, pero vine de visita por tu cumpleaños… Espera… ¿No te habías dado cuenta?-

-No-

-Le dejé encargado al recepcionista que si llamabas para saber de mí, te diera mi nuevo número. Pero tú nunca llamaste ¿verdad?- Lisandro volvió a poner su cara infantil y hablaba como si realmente estuviese llorando.

-Bueno ahora lo sé- le dije ignorando su patética actuación. –Lo que no entiendo es… ¿Por qué llegaste tan tarde?-

-Seré honesto. Tomé el vuelo equivocado.- Sonrió como si no le importase. –Me dirigía a tu departamento. Pero te encontré en el camino.-

-¿Por qué no buscaste un hotel primero? –

-Me emocioné el poder felicitarte de nuevo, que no lo pensé.-

Suspiré por su torpe comentario.

-No hay hoteles cerca de esta zona.-

-Tomaré un taxi, sólo anótame una dirección. No recuerdo muy bien esta ciudad.-

-¿Cuánto tiempo estarás aquí?-

-Dos días- contestó mirándome fijamente y sonriendo.

-Bueno no es mucho tiempo, si quieres puedes quedarte estos días conmigo.– Lisandro no me respondió al instante. Parecía pensativo. Sus ojos mostraban un vacío. Su postura era aterradora.

-Vale, acepto.- Pronto lo mencionado anteriormente cambió. Ahora era un infante. Me abrazó apretándome muy fuerte.– Sabia que te importaba.- Reía a cada segundo. Su físico demostraba a un adulto, pero su mente era de un crio.

-Oye yo nunca dije que me importas, sólo que no quiero regresar solo. Hay mucha inseguridad así que necesito que seas mi guardaespaldas. – Traté de fingir mi preocupación hacia él.

-Entiendo.- Dijo sonriendo. Tomó sus maletas y comenzó a caminar rebasándome. Le detuve y le quité una maleta.

-Rayos… ¿Cómo piensas cuidarme cargando esto? Eres un desastre.-

-Tienes razón.- Me sonrió y caminó a mi lado. –Gracias-

Silencié unos segundos. No comprendía por qué él aguantaba estar conmigo. Lo traté mal tantas veces, pero él siempre estuvo a mi lado.

Lisandro es molesto y ruidoso, sin embargo, él es mi único amigo.

CONTINUARA….

ABRAHAM ROCHA RDZ

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