clic… el tiempo se paro

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De esas veces que escuchas un clic y sientes como el tiempo se para. Un golpe seco que al fin y al cabo no es un golpe. Aquellas veces en las que se activa el botón de la incomprensión, que se acciona lo desconocido y se entierra tu propia monotonía. Aquellas veces en las que al no entender, re inventas el significado de ira; solo que esta vez, en esta historia, la ira se casó con la decepción.

Y no entendieron de vaivenes aquellos que los miraban, ni de reproches, ni de silencios negativos y vengativos; en este caso solo ellos comprendían su forma de vivir.

No entendieron, los demás, de sus ausencias y sus pocos ratos. No entendieron su conveniencia ni sus falsas sonrisas. No comprendieron el engañoso cariño del que es engañado, del que disfruta siéndolo, del que sabe serlo. No entendieron el velado placer de abrir la herida con las dos manos.

No lograban habitar sus sensaciones, interiorizar sus pensamientos. No pudieron determinar sus sentimientos encontrados, y aquellos que no se encontraban por el camino.

No apoyaron el veneno que bebían por amor, ni el amor personalizado del propio veneno.

Quién podía ser Ira o Decepción. Quién podía ser Soledad o Desencanto. Quién podía ser Indiferencia o Dolor. Quien podía encarnar cualquiera de esos papeles, llegaba a empatizar con el primer hilo del trayecto. Pero nunca llegaba a desenredar la madeja.

En este caso, esta aislada vez, Ira se enamoro de Decepción solo por el placer de crearla y Decepción correspondió simplemente por que no sabía hacer otra cosa para calmar su propia sed.

Pero no se complementaban, su madeja estaba demasiado enredada. Mientras la pena se tomaba una copa con la alegría y no muy lejos la tristeza molía a palos a la sinceridad. Cuando todos vivían su absurda lucha de egos y absolutamente todos querían salvar la partida.

De esas veces que escuchas un clic, un onomatopeya que puede simbolizar cualquier cosa, que puede significar aquello que tu quieras, y que esta vez quizás solo simboliza la rotura de una cuerda.

La apertura de una herida y un sanar lento pero necesario. Que haya o no hemorragia, aun cuando haya o no dolor. Aun cuando siempre haya terceros en la historia.

De esos silencios que ahogan palabras, que las absorben, las enguyen y deterioran. De aquellas palabras que son utilizadas, no para el diálogo, si no como instrumento de caza. De aquellas cacerías con ánimos de dejar manchas de sangre en el suelo al paso de tus pies. Del ritmo de tus pisadas. Del tambor de la guerra.

Encontraban al tiempo en contra, encontraban al espacio encaprichado, uno de ellos no moriría nunca mientras que el otro solo viviría a  ráfagas de destiempo, abrazado algunas noches al olvido.

Olvidó el tiempo hablar de inseguridades, aquellas que se llevaban a la boca cada noche y hacían un recorrido inverso por el estómago. Aquellas que se contaban sin ni si quiera contarse. Y hablaban de su gemela, confianza; les quedaba grande.

Olvidó el tiempo advertir del tiempo que duraría la marea baja, olvidó poner precio al minutero y venderlo al por mayor.

Esas veces en las que solo puedes fruncir el ceño y apretar los labios, para después permitirles una vida entera de relajación.

 De esas veces en las que oyes un clic y hasta la historia más cuerda se rompe, que hasta el propio romper lo hace.

Abraham Rocha Rdz

 

 

 

 

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